Tras la pista de Gonzalo Lira

Tras la pista de Gonzalo Lira

“No puedo responder a tu pregunta”, me dijo Kyrylo Budanov cuando le pregunté por Gonzalo Lira. Era mi segundo día en Kiev y, junto a otros periodistas de Latinoamérica, fuimos a hablar con él. Era el primer punto de prensa a medios latinoamericanos que daba Budanov, jefe de la Dirección Principal de Inteligencia del Ministerio de Defensa de Ucrania. Era último día de un julio caluroso de 2023.

Antes de irnos de su oficina, dos militares del departamento de comunicaciones se me acercaron para preguntarme por qué había preguntado por Lira. Les dije que, al igual que yo, él era chileno, y que tenía información de que estaba detenido en Ucrania. “Él es un imbécil”, me dijo uno. El otro me contó que estaba detenido en Kharkiv, una ciudad universitaria a pocos kilómetros de Rusia y a la que yo viajaría esa misma noche.

Al llegar a la ciudad, tomé un taxi a mi hotel. En el camino pude ver las consecuencias del bombardeo que había sufrido la ciudad durante la madrugada. Según las autoridades locales, drones iraníes habían atacado edificios y departamentos de civiles. Entre esos, una residencia universitaria que quedaba a dos cuadras de donde yo me alojé.

Mi estadía en Kharkiv consistía en visitar las trincheras y ciudades cercanas que habían sido arrasadas desde el inicio de la Invasión Rusa a Gran Escala. Por lo que tuvimos una reunión con un equipo de periodistas ucranianos quienes nos explicaron el contexto, además de lo que podíamos y no podíamos hacer. Fue ahí cuando un mujer se me acercó y me pidió que la acompañara a la entrada del edificio ubicado en el centro de la ciudad.

—Lira está libre, lo liberaron ayer —me dijo.

Lo habían liberado el mismo día que pregunté por él en el departamento de inteligencia. El mismo día que Gonzalo Lira subió un hilo a X (ex-Twitter) acusando de que había sido torturado, que le habían robado dinero y que buscaría asilo en Hungría. “¡Si no saben nada de mí en las próximas 12 horas, estoy en un campo de concentración! Deséenme suerte”, cierra su hilo en X publicado ese 31 de julio. El post tuvo un alcance de 30 millones y recibió más de cinco mil comentarios. Entre ellos, uno del propio Elon Musk que definió lo expuesto por Lira como publicaciones “preocupantes”.

Sin embargo, el asilo no lo consiguió. Nunca pudo entrar a Hungría. Fue detenido nuevamente el primero de agosto mientras manejaba una motocicleta BMW cuando intentó cruzar la frontera. Estaba con arraigo nacional mientras siguiera en curso una investigación en su contra.

En Ucrania rige el artículo 436 del código penal, el cual define como ilícita la negación de la agresión rusa y glorificar a quienes perpetraron dicha agresión. Puntualmente, Lira fue detenido por el inciso número dos de este artículo, el cual establece no solo que no se puede difundir o producir material que niegue la agresión. Sino que también prohíbe describir la guerra como un conflicto interno. Con esto, Lira enfrentaba una pena de hasta cinco años de cárcel y la confiscación de sus bienes.

Fue detenido primero en mayo de 2023. Según un comunicado del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), Lira, a través de sus publicaciones en YouTube, aseguró que “las atrocidades en Bucha fueron cometidas por las fuerzas del régimen de Zelenski y que las Fuerzas de Defensa de Ucrania utilizan a la población civil ucraniana como escudos humanos”. La fiscalía del distrito de Sloboda de Kharkiv envió una acusación contra Lira al tribunal por el hecho de difundir materiales que justificaban y negaban la agresión armada de la Federación Rusa contra Ucrania.

En Kharkiv funcionarios del centro de comunicaciones me aseguraron que Lira además sacaba fotografías a los lugares que Rusia había bombardeado. Sin embargo, no existe registro alguno de eso. La última noche que estuve en esa ciudad, fui con un colega argentino y uno de los ucranianos que nos acompañaba a tomar una cerveza y comer algo.

Llegamos a un bar en el centro. Pedimos tres cervezas y una sopa borsch para cada uno. No teníamos mucho tiempo, el comercio cierra a las diez de la noche, una hora antes de que se inicie el toque de queda que rige en todo el país.

Pudimos comer la mitad de nuestros platos. Nos pasaron unos plásticos para llevarnos la comida y nos fuimos a la terraza de la entrada a terminar nuestras cervezas mientras pedíamos un auto por las aplicaciones. Fue ahí cuando nos encontramos con parte del equipo de ucranianos que nos había acompañado a ver las fosas comunes,  y procedimos a conversar con los militares en las trincheras a pocos metros de Rusia, a observar los destrozos de los bombardeos en Kupiansk y a recorrer la localidad de Izium.

Uno de ellos, con un vaso plástico en cuyo interior tenía lo que parecía whisky, me preguntó que “cómo iba la cosa con Lira”. Compartimos un cigarro y le dije que no aún no tenía mucha información más allá de sus publicaciones en Twitter.

—Nunca lo torturaron —me dijo—, él sacaba fotos y se las mandaba a los rusos.

No conversamos mucho más. Había llegado nuestro auto, se acercaba el toque de queda y comenzó a sonar la sirena alertando que comenzaría un bombardeo. Mientras el chofer esquivaba los agujeros de las calles y se pasaba las luces rojas de los semáforos en dirección al hotel, mi colega me preguntó lo que yo también me venía preguntando por esos días: ¿Quién era Gonzalo Lira y qué hacía en Ucrania?

Le decían El Gringo. Nació en California en 1968. Llegó de Estados Unidos a la enseñanza media del colegio Saint George en los años ochenta. Era fumador, malo para los deportes, fanático de Rush y Led Zeppelin. Lira se destacaba en matemáticas, pero también por ser alguien quien defendía siempre su punto de vista. Sus amigos del colegio lo recuerdan así. Como alguien interesado en los temas de la sociedad, atraído por el cine y las novelas. De pocos, pero buenos amigos.

“Sus cercanos de la etapa escolar lo definían como nerd. Pero de esos nerd estadounidenses”, recuerda Juan Pablo Gutiérrez, uno de los amigos que hizo Lira desde ese entonces y que actualmente se desempeña como ingeniero comercial. No iban en el mismo curso, pero los dos compartían hablar un inglés norteamericano fluido. Se conocieron por unos amigos y se juntaban a jugar Dungeon & Dragons.

—Teníamos muchas cosas en común —recuerda Juan Pablo—. Hablaba mucho y pasaba largas horas conversando incluso con los papás de sus amigos.

Por aquellos años, Chile estaba bajo el régimen de Augusto Pinochet, y faltaban pocos años para que se realizara el plebiscito que terminó por frenarlo. Lira no era indiferente a los temas. Los analizaba y le gustaba escuchar las diferentes posturas. Juan Pablo recuerda la vez en que su hermano le preguntó a Lira si creía o no en la democracia, a lo que con humor le respondió que no, porque la gente no sabía lo que quería. Nunca fue militante de un partido, venía de una familia católica y con valores democráticos. Pero Juan Pablo recuerda que Lira en algunos de sus videos decía que no creía en Dios, cosa que no le sorprendió.

—Él era de una postura —continúa Juan Pablo—, pero con el paso de los años la cambiaba. Tampoco era pinochetista.

Elvira Mella, compañera de él cuando iban al colegio Saint George, afirma que no le gustaba la dictadura. Gonzalo era como una persona apolítica, pero le interesaban los temas internacionales. Elvira fue su primera amiga cuando llegó a Chile, y mantuvieron contacto de manera esporádica unos 20 años. “No le resultaba fácil relacionarse con mujeres”, reconoce Mella.

Gonzalo Lira entró a estudiar ingeniera comercial dos veces. Una en la Universidad Adolfo Ibáñez y otra en la Universidad de Chile. De ambas —según Lira comenta en una entrevista dada en 2005— lo echaron por flojo. Desde ese entonces, probó suerte como profesor de inglés, pero no ganaba mucho. Decidió volver a Estados Unidos y estudió Filosofía e Historia en Dartmouth. Se graduó en 1995 y a su ceremonia asistió como invitado de honor el Presidente Bill Clinton.

Probó suerte como escritor y le fue bien. En 1997 publicó su primera novela en español llamada Tomah Errázurih. Una historia basada en sus anécdotas escolares y que la crítica lo comparó en estilo con Alberto Fuguet. Después, en 1998, publicó Counterparts, su primera novela en inglés, de temática policial, cuyo protagonista es un espía, y que le valió un contrato por un millón de dólares con la editorial Putnam. Sus amigos recuerdan que incluso la noticia del monto del contrato era más noticia que el libro en sí mismo. Otros aseguran que hasta la propia Isabel Allende habría estado molesta por el monto del contrato.

Tiempo después probó suerte en el cine. En Dartmouth había ganado concursos de guiones y se fue a Hollywood en donde trabajo corrigiendo algunos. Pero volvió a Chile con la intención de filmar un largometraje en su país y, junto a capitales privados, desarrolló la película Secuestro, un completo desastre en taquilla estrenado en el 2005.

También entró al mundo del videoblogging con sus controversiales “Red Pills”. Le fue bien. Alcanzó miles de seguidores, pero también consiguió que lo catalogarán de misógino y antifeminista. Sus videos (o sus Red Pills) consistían en consejos para conquistar mujeres.

—No me gustaron esos videos cuando los vi —recuerda Elvira hoy.

Durante todo este periodo, Lira mantuvo contacto esporádico con sus amigos del colegio. Elvira recuerda que se juntaban en El Liguria para ponerse al día. Pero todos coinciden en que Lira se alejó luego de que se casara en Chile con una mujer de Ucrania, de familia prorusa, en marzo del 2013. Con ella tuvo dos hijos de ciudadanía ucraniana, pero el matrimonio se disolvió el 22 de diciembre de 2022 por el Tribunal de Distrito Dzerzhynskyi de Kharkiv, ciudad en la que Lira ya se había establecido luego de casarse. Habían llegado a vivir al país postsoviético en 2016. Lira entró como ciudadano estadounidense.

Fue la mujer quien pidió el divorcio. La defensa de ella argumentó en el juicio que “su comportamiento agresivo y su actitud desequilibrada provocaron violencia moral y física contra la demandante y los hijos”. Además, agregaron que “mientras vivía en Chile, también se produjo un incidente en el que el demandado golpeó duramente a su sobrino pequeño, quien padece autismo. Es imposible salvar el matrimonio, por lo que solicita el divorcio”.

El Tribunal falló a favor de la mujer, dándole la tuición de lo hijos, ya que “existe un grave riesgo de que el traslado de los niños al extranjero con su padre los ponga en peligro de sufrir daños físicos o mentales”, dice el fallo.

De ahí en adelante, Lira se enfocó en sus videos por YouTube, en los que en general se le veía de buen humor, casi siempre fumando algún cigarrillo y hablando de teorías, política internacional y, por supuesto, de la guerra de Ucrania.

Lira falleció el 12 de enero de 2024. La noticia se viralizó rápidamente entre los grupos de WhatsApp de sus compañeros del Saint George. El Instagram de los exalumnos publicó una fotografía de él lamentando su muerte, y a través de un comunicado ese mismo viernes, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile confirmó que Lira había fallecido en Ucrania.

El expresentador de Fox News, Tucker Carlson, publicó en X que “Gonzalo Lira era ciudadano estadounidense, y que la administración Biden apoyó claramente su encarcelamiento y tortura”. En una línea similar, el ex candidato presidencial Eduardo Artés, a través de X (exTwitter)  dijo que Lira había muerto en las mazmorras ucranianas y que “ni Boric, ni Biden jamás movieron un dedo en los 8 meses y 11 días de torturas, de encierro total”.  Fuentes de Cancillería aseguran que se le brindó ayuda consular, pero que Lira la habría rechazado.

El padre de Lira dice ha dicho que a su hijo lo mataron y torturaron. Las autoridades ucranianas aseguran que murió por una enfermedad pulmonar que padecía debido a las cajetillas de cigarros que se fumaba al día. El diputado alemán Bernhard Zimniok, del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania, mientras se debatía un mayor apoyo a Ucrania por parte de la Unión Europea, exigió una investigación independiente sobre su muerte. La prensa rusa dice que a Lira lo mataron en un centro de detención. El medio ruso MK publicó que Lira fue un hombre que “defendió la dictadura de Pinochet y terminó convirtiéndose en preso de conciencia y víctima de una dictadura proamericana similar”.

La muerte de Lira sigue siendo una incógnita, como también su historia en general. De él se dice bastante. Sus amigos, en parte, no se sorprenden mucho de la carrera de Lira, pero descartan que haya estado involucrado con Rusia. Elvira es enfática en su teoría: “Gonzalo llegó a Ucrania buscando una historia para alguna nueva película. O para una novela. A eso fue, nunca fue un espía”.

*Este reportaje fue publicado originalmente en Revista SÁBADO de El Mercurio y es parte del libro «Crónicas desde la Guerra en Ucrania«.